El hombre que aprendió a mirar Bogotá desde el cielo

Sep 29, 2026

Durante 34 años, William Rojas ha visto cambiar la Torre Colpatria, la ciudad y su propia vida. Llegó siendo un muchacho para limpiar vidrios suspendido sobre Bogotá y hoy, cerca de su retiro, descubre que detrás de un edificio también pueden quedarse guardadas una familia, una casa, una generación de compañeros y miles de recuerdos.

Hace 34 años, William Rojas no imaginaba que una recomendación aparentemente sencilla terminaría definiendo buena parte de su vida. Un conocido le habló de un trabajo en la Torre Colpatria. Era joven, no le tenía miedo a las alturas y tampoco pensó demasiado en lo que significaba subir a uno de los edificios más reconocibles de Bogotá. Aceptó.

Así empezó todo.

“Cuando llegué acá, llegué muy pollo, muy joven. Por mi dedicación al trabajo, me dijeron que era para limpiar vidrios”, recuerda.

Durante 25 años, su oficina fue, en buena medida, el cielo de Bogotá. Trabajó limpiando los vidrios exteriores desde las canastas suspendidas que entonces recorrían la fachada. Mientras miles de personas caminaban apresuradas por las calles, William veía la ciudad desde otro lugar: Monserrate, Guadalupe, los cerros orientales, la Carrera Séptima, la Avenida 26 y el centro extendiéndose a sus pies.

Nunca sintió que aquella altura fuera una amenaza.

“Siempre me han gustado las alturas. Eso es lo que me llevo: no le tengo miedo a las alturas ni al vértigo”.

Con el tiempo, ese valor terminó sirviéndole también a otros. Cuando algún trabajador llegaba inseguro frente a la inmensidad que se abría bajo sus pies, William trataba de transmitirle tranquilidad.

“Uno les transmite confianza para que se sientan seguros de sí mismos y de uno. Esa es mi actitud con ellos: ayudarlos a fortalecerse siempre que vienen acá a realizar cualquier actividad”.

La Torre comenzó a llenarse de recuerdos

Los años pasaron y el trabajo dejó de ser solamente trabajo.

William recuerda especialmente la primera iluminación de la Torre. Llegaron trabajadores italianos para participar en el proceso y, entre jornadas y conversaciones, ocurrió aquello que suele suceder cuando las personas comparten días difíciles y experiencias extraordinarias: dejaron de ser desconocidos.

“Una de las anécdotas que más me gustó y que siempre he tenido presente es la primera iluminación de la Torre, para la cual vinieron italianos. Me logré distinguir con ellos porque realmente soy una persona de ambiente”.

También hubo episodios que hoy parecen pertenecer a otra época. En una ocasión tuvo que transportar en una de aquellas canastas exteriores a actores de Club 10, cuando los protocolos para trabajar en altura eran muy distintos de los actuales.

“Me tocó llevarlos en una canasta. En esa época no se utilizaban los elementos que usan actualmente. Uno iba en la canasta por fuera. En ese momento no existían las medidas de seguridad que hay ahora”.

La Torre también fue cambiando frente a sus ojos. Se renovaron redes hidráulicas, sistemas de protección contra incendios y espacios. Un edificio que durante años tuvo una vida principalmente administrativa comenzó a recibir cada vez más visitantes, especialmente alrededor del mirador.

Y Bogotá tampoco permaneció igual.

Desde arriba, William no solamente contempló amaneceres, aguaceros que aparecían repentinamente desde los cerros o días despejados sobre el centro. También fue testigo de momentos difíciles de la historia de la ciudad, incluidos episodios relacionados con la violencia del narcotráfico.

Tal vez por eso una de sus frases dice mucho más de lo que parece:

“Lo bueno es poder observar historias que nadie más ve y llevarlas dentro de uno”.

Cuando los compañeros se vuelven familia

Pero la historia de William no está hecha únicamente de alturas.

Está hecha de personas.

Durante más de tres décadas vio llegar trabajadores, los acompañó, los vio partir y, en algunos casos, los volvió a encontrar años después.

“Cuando vuelven a pasar, siempre me encuentran a mí y me dicen: ‘¿Todavía está usted en la Torre?’. Yo les respondo: ‘Sí, aquí sigo. Ya son muchos años y la Torre se volvió parte de mi vida’”.

Y realmente se volvió parte de ella.

Hubo reuniones, paseos, días de parque y encuentros familiares. William conoció a los hijos pequeños de algunos compañeros y luego los vio crecer. La frontera entre empresa y vida comenzó a desaparecer.

“Los compañeros que trabajaron conmigo los llevo siempre en el corazón, porque construimos una familia. Nos contábamos las cosas buenas y malas, y vivimos momentos muy hermosos”.

Quizás allí está la verdadera historia detrás de la Torre Colpatria.

Los edificios suelen contarse en metros, pisos, estructuras, inversiones y fechas. La vida de quienes trabajan dentro de ellos se mide de otra manera: en compañeros, madrugadas, dificultades superadas, conversaciones, hijos que crecen y sueños que pudieron cumplirse gracias a un salario recibido durante años.

William lo resume sin adornos:

“Gracias a él he tenido mi sustento y he conseguido cosas como mi casa. Por eso lo quiero mucho y evito que la gente venga y lo dañe”.

Un día habrá que bajar por última vez

Hoy William trabaja en mantenimiento. Las antiguas canastas desaparecieron y aquella etapa suspendido sobre Bogotá quedó atrás.

Dentro de aproximadamente dos años llegará otra despedida: la pensión.

Después de 34 años tendrá que acostumbrarse a que las mañanas comiencen en otro lugar. A que la Torre siga allí sin que él tenga que entrar todos los días. A mirar desde abajo el edificio que durante buena parte de su vida observó desde adentro y desde sus alturas.

Mientras ese momento llega, observa a los trabajadores más jóvenes y reconoce en ellos algo de aquel muchacho que un día llegó sin saber cuánto tiempo se quedaría.

Por eso, cuando le preguntan qué les diría a quienes comienzan hoy, responde con una frase sencilla:

“A todo el que llegue le diría: ámenla y quiéranla”.

Y cuando le piden resumir 34 años en una sola palabra, tampoco duda:

“Torre Colpatria. ¿Por qué? Porque para mí representa una historia muy grande, todo lo que se ha vivido durante estos 34 años y los compañeros que también estuvieron acá. Amamos y queremos la Torre. Eso es lo que me llevo: la historia tan linda que guarda”.

Dentro de dos años probablemente terminará su vida laboral allí. Pero hay cosas de las que nadie se pensiona.

William podrá dejar las herramientas, las rutinas y los pasillos. Podrá despedirse de sus compañeros y salir por última vez como trabajador. Lo que difícilmente podrá hacer será separar su propia historia de aquella estructura que durante décadas vio iluminarse sobre Bogotá.

Porque algunos edificios se construyen con concreto, acero y vidrio.

Otros terminan construidos también con la vida de las personas que permanecieron dentro de ellos.

Y, durante 34 años, William Rojas fue una de esas personas.

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