Cocinas de la memoria: mujeres y niñez raizal lideran la defensa del patrimonio alimentario en San Andrés, Providencia y Santa Catalina

Sep 22, 2025

En el Caribe occidental, donde el mar turquesa se mezcla con manglares y arrecifes, la cocina tradicional se reafirma como espacio de resistencia cultural y motor de cohesión social. En el Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, las comunidades raizales han convertido los fogones en aulas vivas para transmitir saberes, reafirmar identidad y proteger su vínculo con la naturaleza.

A través del Programa Cocinas para la Paz, durante 2025 se fortalecieron procesos de formación y diálogo intergeneracional para salvaguardar el patrimonio alimentario local. El balance: 77 participantes raizales, de los cuales 43 obtuvieron certificación en el Programa de Acompañamiento Comunitario (PAC) y 34 niñas, niños y adolescentes cursaron Herencia en la Mesa. La mayoría fueron mujeres (62 frente a 15 hombres), lo que confirma su liderazgo en la defensa de la cocina y el territorio.

“La cocina tradicional tiene un gran poder como fuente de cohesión e integración comunitaria. Llegamos a San Andrés para reconocer y fortalecer sus saberes alimentarios”, destacó Mónica Pulido, asesora del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes.

Cocina, biodiversidad y memoria


El Archipiélago hace parte de la Reserva de Biósfera Seaflower, reconocida por la UNESCO por su valor ecológico y cultural. Allí, recetas identitarias como el rundown, la crab soup o los coconut balls mantienen vivo el legado afrocaribeño y reflejan la estrecha relación de las comunidades con el mar y la tierra.

El proceso permitió mapear riesgos y fortalezas: la pérdida de especies emblemáticas y la presión del turismo, pero también la persistencia de la pesca artesanal, la transmisión oral de saberes y la organización comunitaria como mecanismos de resistencia.

San Andrés: mujeres y niñez en primera línea


En San Andrés participaron 38 personas, de las cuales 21 se certificaron en el PAC. La mayoría fueron mujeres, ratificando su papel en la recolección de insumos, la preparación de alimentos y el cuidado de especies clave como el cangrejo negro. Además, 17 niños, niñas y adolescentes participaron en Herencia en la Mesa, curso donde se reconocieron riesgos y se priorizaron recetas de alto valor cultural como el rundown, la crab soup y los coconut balls.

Providencia y Santa Catalina: el territorio como aula viva


En estas islas el proceso contó con 39 participantes y 22 certificaciones. A través de recorridos, prácticas de pesca, cosecha y cocina, se trabajó en la recuperación del stewboil, plato en riesgo de desaparición. Las recetas priorizadas —crab soup, bushy y stewboil— se asumieron como lenguajes de resistencia frente a la homogeneización cultural.

Voces del fogón


“El fogón es la raíz y la continuidad de nuestros conocimientos. Enseñar a los niños es asegurar que nuestra cultura viva en las próximas generaciones”, señaló Elvina Webster, conocida como Big Mama, cocinera tradicional con más de 30 años de experiencia.

Alianzas para un futuro sostenible


La articulación comunitaria e institucional ha sido clave. Gobernación, alcaldías, secretarías locales y la FAO han acompañado el proceso, mientras las comunidades aportaron memoria, prácticas y liderazgo. Esta convergencia convirtió la cocina en política pública cotidiana: espacio donde se preserva identidad, se impulsa economía local y se protege biodiversidad.

Fogones que alumbran el mañana


Con turismo en expansión y cambio climático, la cocina raizal emerge como estrategia de futuro. Cada niña o niño que aprende a preparar un rundown o cada mujer que comparte un secreto del fogón aporta a la seguridad alimentaria y al cuidado de la biodiversidad.

El programa Cocinas para la Paz deja tres grandes logros en el Archipiélago:

  1. Reafirmación de la identidad cultural raizal.
  2. Prácticas que fortalecen la sostenibilidad ambiental.
  3. Liderazgo intergeneracional, con mujeres, niñas y niños al frente de la transmisión de saberes.

Cuidar la cocina tradicional es cuidar el territorio. En San Andrés, Providencia y Santa Catalina, los fogones no solo alimentan: también preservan biodiversidad, refuerzan comunidad y proyectan un futuro sostenible para las islas.

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